No quiero navidad.
No quiero veinticuatro, ni veinticinco. No quiero árboles. No quiero luces
indecisas. No quiero sidra barata. No quiero turrón blando con maní. No quiero
adornos llenos de polvo. No quiero Papa Noel. No quiero Coca Cola. No quiero
perros asustados. No quiero gritos eufóricos. No quiero salir. No quiero
esperar al chin-chin. No quiero seguir festejando. No quiero festejar. No
quiero esperar familiares. No quiero encuentros incómodos. No quiero besos de
alquiler. No quiero simular. No quiero caras de culo. No quiero momentos de
nostalgia. No quiero lágrimas. No quiero divorcios. No quiero estrellitas. No quiero brillo. No
quiero ruido. No quiero gente. Quiero ser chico una vez más. Quiero esperar los
regalos debajo del árbol. Quiero momentos cálidos. Quiero abrazos. Quiero
asado. Quiero los chasquiboom. Quiero hablar con mi abuela. Quiero ver a mi
abuela. Quiero ver a la gorda. Quiero ver a Teresa. Quiero llorar. Quiero
esperar a las doce. Quiero viejas navidades. Quiero 1997. Quiero helado de
frutilla, no de dulce de leche. Quiero que mi tía me rasque la espalda mientras
me voy durmiendo. Quiero risas. Pero no, no quiero navidad.
Nada escapa de las
garras del tiempo.
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